martes, 17 de mayo de 2016

Liados en papel

Como en una relación, cuando fumas tabaco de liar, comienzas sacando cautelosamente el papel, el filtro y el tabaco. Con mucho cuidado, pones las hebras sobre el cuerpo delgado y pálido, asegurándolo seguidamente con ese pequeño taponcito blanco que te protegerá en la medida de lo posible. Entonces, con maña, picardía y delicadeza comienzas a amoldarlo friccionando los dos extremos, ya sabes, creando complicidad entre ambos, hasta que en el momento indicado, el momento preciso, cuando estás seguro de que no se desparramará todo por el suelo, das un giro creando un cilindro perfecto y lo sellas con un beso húmedo y dulce. Ha quedado impoluto, bello, hasta sublime, pero sabes con cierto nerviosismo y entusiasmo, que ahí no ha acabado el trabajo, que ahora queda lo más difícil y es poder encender la llama  e inspirar hondo las caladas, que estas te llenen e intentar mantener encendida esa perfecta alianza entre cuerpo, alma , pegamento y filtro. Las primeras caladas son intensas, aspiras con ansia el humo, queriendo fundirte con el en plena armonía, pero las siguientes, ya menos pasionales, más pausadas, pueden dejar que el cigarro que has creado con tanto cuidado se apague aunque su interior siga cliente, e intentas encenderlo de nuevo con ese mechero que aún no ha abandonado tu mano y lo logras, vuelves a inspirar fuerte, vuelves a intentar mantenerlo con vida, pero, en un descuido, un posible movimiento brusco, la hoja virgen y el adhesivo comienzan a separarse desde el filtro, provocando que entre el aire en el espacio vacío. Rápidamente vuelves a besarlo, pasas la lengua insistentemente impregnándolo de amor, sellando toda vía de escape, con tanto afán que sientes en la punta de tus papilas gustativas el calor de la brasa, una y otra y otra vez. Por empeño, llegas incluso a calcinarte la sin hueso, todo en nombre del esfuerzo y el cariño empleado, insistiendo, luchando...
Antes, cuando se fumaba tabaco de liar, igual que cuando se amaba de verdad, se terminaba con la extinción de la brasa, con el fin de tus días, "hasta que la muerte los separe". Hoy, algunos, dejan a medias, el cigarro, lo estrellan con fuerza sobre el asfalto y pisan la colilla. Otros pocos, intentan apagar sólo la brasa guardando lo que queda para un momento más oportuno y dejando que su aroma les persiga a todas partes, pretendiendo ignorar las ganas evidentes de encenderlo una vez más. Unos pocos, simplemente lo dejan en la cornisa de una ventana, o al borde de un cenicero grisáceo, consumiéndose y prometiendo no volver a fumar nunca más, pues saben que aunque es placentera cada calada, cada cigarro es venenoso y puedes un día enfermar por tu estupida debilidad.
"Hay que morir de algo" dijo el filósofo " "puede ser a causa del alcohol, del tabaco o del amor, malditos son los vicios, y maldito soy yo que muero cada día por todos y cada uno de ellos"

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