Existe un bosque, que cuando llega la primavera se llena de flores, hojas verdes, mariposas y mágicos olores, que cuando le abraza el amanecer más dulce y tibio, se llena de rocío y sonidos que sólo los oídos más experimentados saben apreciar. Existe un bosque que promete oasis de sentimientos y oleadas de exaltación que te hacen amar cada pequeño rincón de ti. Pero antes de que este periodo armónico y satisfactorio, ese mismo bosque luchaba contra el gélido alimento del invierno, un invierno tan cruel y venenoso que hace desear con cada partícula de tu ser una muerte inmediata, infalible y certera. En medio de ese bosque cargado de hastío e incertidumbre se encuentra la conciencia de un ángel, un ángel que se hizo la voz de su propio demonio personal, que se construyó un laberinto de espejos y hoy no es capaz de alzar la mirada para observar con detenimiento el reflejo de esas alas que ahora le pesan tanto. Entre los senderos que poblan el bosque suenan insesantes las psicofonías de mil espectros que le invitan a ser buscados y de ese modo hacerle perderse y tropezar con piedras que parecen diamantes cuando la luz del sol las acaricia, pero que en las sombras de las noches sale a la luz de la luna su verdadero rostro. Las voces, en más de una ocasión, han llegado a convencer al ángel, por medio de promesas ilusorias, que sigan sus senderos y cuando la realidad se imponía, la decepción era tan grande que comenzó a crecer en la boca del estómago un pequeño agujero negro, un vacío, un abismo. Entre todas esas voces, aunque parezca una alucinación, reina el Silencio. El silencio de lo que no está escrito, el silencio de la elección. Ese silencio previo al momomento de creación, tú lo conoces, sí, me refiero a ese silencio que te habla justo antes de escribir la primera línea, justo antes del primer trazo, antes del primer golpe del martillo sobre el cincel. Cuando el ángel logre separar las voces del silencio, cuando retire lo que sobra y se quede con la esencia, podrá disolver el cemento que ha puesto en las puntas de sus alas impidiéndole el vuelo, impidiendo que llegue la primavera dejándole anclado en ese invierno que hoy devora ferozmente su piel. Es irónico que sea yo la que escriba esto, cuando es ese ángel quién sin darse cuenta me enseña a encontrar la voz de mi silencio cuando es mi conciencia la que se pierde en mitad del bosque. Y aunque se que ese ángel que no recuerda quien es, ese ángel que hoy se cree demonio, al mismo que le pesan las alas, me observará detenidamente creyendo que he sucumbido a la locura, confío ciegamente en el momento en que hagamos del invierno primavera.
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